martes, 26 de enero de 2010

EL LIBRO PERDIDO

De crío, a los once o doce años corría por los entramados de una iglesia que se desmoronaba, era San Andrés en Madrid y la cúpula la sujetaban unos armazones y andamios de madera. Trepábamos por esos andamios sin saber que nos jugábamos la vida.
Un día entre los escombros encontré un libro que todavía no se había escrito, era extraño aquel libro y se debió quedar guardado en algún lugar, sin leerlo, sólo el final es lo que leí con esa curiosidad de niño que quiere acabar todo antes de que empiece, se me quedó grabado en aquel entonces. Años después apareció no se donde, lo leí, lo encontré extraño, pero el final lo recordaba perfectamente, no había perdido ni una coma.
Cerraré mis ojos para no abrirlos, cerraré mis oídos para no oír y sellaré mi boca para no hablar. Sólo me acordaré de aquellas frases de un libro perdido que escribió F. S. Un amanecer sin luz jamás me iluminará, ese amanecer me perderá en la oscuridad y en su negrura no encontraré un camino digno, que por supuesto no tendría el mérito para haberlo encontrado. Quizás ese amanecer me sea dado con justicia y me obligue al camino incierto para preguntarme que he hecho. Volveré a la nada de donde salí para prolongar mi ignorancia, para unirme a la ignorancia total. No volverá a iluminarme ningún amanecer, y en ese tránsito apenas medible, las preguntas se perderán en el infinito sin hallar eco. No veré la razón en los hombres, ni la inteligencia desgranada en infinidad de sentimientos nobles. No veré la sinceridad esparcida para que florezcan las pasiones limpias, no veré en la negrura nada del recuerdo.

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